Milei
Milei La pandemia de COVID-19 no sólo desnudó la inoperancia del poder político en Argentina, sino que profundizó el desencanto social que venía gestándose desde antes. La llamada “cuarentena eterna”, la hipocresía del “vacunatorio VIP”, el festejo de cumpleaños de la primera dama en plena prohibición y el encierro sin salida real quebraron la frágil paciencia de una sociedad acostumbrada a la crisis, pero no al cinismo. El gobierno de Alberto Fernández, sin poder real ni dirección clara, se desintegró ante los ojos de todos. Mauricio Macri, por su parte, había prometido una salida gradualista al modelo populista, pero terminó enredado en su propio marketing de "buenas formas" sin atacar el problema estructural del gasto público. La combinación de ambos fracasos abrió un espacio inédito: el del hartazgo absoluto, el rechazo a todo lo conocido, el grito desesperado en busca de algo —o alguien— radicalmente distinto. En ese vacío se cuela Milei, primero como figura mediática, luego como polemista sin filtro y finalmente como candidato. El colapso no es solo económico: es moral, institucional, cultural. El terreno estaba fértil para un terremoto. Milei no irrumpe, es convocado por la ruina. Su llegada no es una anomalía, es la consecuencia lógica de un sistema político que no supo ofrecer más que estancamiento, soberbia y miseria.
