Yawar fiesta
Yawar fiesta La noche en Puquio ya no dormía. En cada rincón de los ayllus, los comuneros afilaban no solo cuchillos y ponchos, sino la voluntad. La fiesta no sería cancelada. Se haría. Con toro, con sangre y con canto. El Misitu debía ser hallado. Un toro salvaje, hijo de la puna, cuyo nombre ya era sinónimo de muerte. Algunos decían que mató a tres hombres. Otros, que era invencible. Para los ayllus, era el elegido.
Un grupo partió hacia las alturas, al corazón de la puna, donde el cielo rasga la piel y la tierra sólo cede al que la conoce. Caminaron días enteros con sogas, cañazo, coca y la fe de quien no se rinde. Cada paso era una oración: que el Misitu estuviera vivo, que se dejara atrapar, que la fiesta pudiera cumplirse como los abuelos mandaban.
—Si el toro muere antes de la fiesta, moriremos con él —dijo uno.
Y en el pueblo, las alianzas se tejían con la misma sutileza con la que se enredan las trenzas en los telares. Los chalos, eternos intermedios entre el poder y el pueblo, comenzaron a elegir bandos. Algunos traicionaron, llevando información a los mistis. Otros se sumaron a la causa, sabiendo que el día de la fiesta también era un día de identidad.
