Antiguedades de los judios

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CAPÍTULO X

Saúl envidia a David por su gloriosa victoria y aprovecha la promesa que le hace de darle su hija en matrimonio para tenderle una celada, poniendo como condición de que debe llevarle seiscientas cabezas de filisteos

1. Las mujeres fueron la causa de la envidia y el odio que Saúl concibió hacia David. Porque salieron al encuentro del ejército victorioso con címbalos y tambores y grandes demostraciones de júbilo y cantando. Decían las esposas que Saúl había matado miles de filisteos, y las vírgenes respondían que David había matado decenas de millares[100].

Cuando Saúl las oyó cantar y advirtió que le adjudicaban la parte menor de los elogios, atribuyendo al joven el mayor número, de decenas de millares, pensó que después de ese aplauso a aquél sólo le faltaría ser rey, y comenzó a temer y sospechar de David. Lo retiró del cargo que tenía anteriormente, el de escudero, que le pareció demasiado próximo a su persona, y lo nombró capitán de una milicia; le dio otro puesto que era mejor pero más seguro para Saúl, porque se proponía enviarlo a luchar contra el enemigo esperando que en aquellos peligrosos encuentros perdiera la vida.


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