Antiguedades de los judios
Antiguedades de los judios La lectura de cualquier obra de historia, y mayormente si es antigua, lleva aparejada una doble pregunta: «¿Hasta qué punto podemos confiar en la información que nos da?» «¿Hasta dónde es imparcial su presentación?» En el caso de Josefo la respuesta a estas preguntas es extremadamente compleja. En muchos casos es evidente que su precisión histórica depende de la precisión de sus fuentes y de su espíritu crítico.[1] Por lo que sabemos, Josefo dedicó a las Antigüedades de los judíos la mayor parte de su trabajo durante veinte años. Es una de las producciones individuales más extensas de la literatura antigua. Aristócrata, combatiente en la gran rebelión judía, hizo las paces con Vespasiano y llegó a ser un favorito de la familia imperial Flavia, de la que tomó su nombre adoptivo, afincado en Roma después de la destrucción de Jerusalén, escribió en griego para el mundo grecorromano en defensa de su pasado y de sus tradiciones. En veinte largos libros Josefo relata para aquellos que no están familiarizados con la Biblia, y la ignorancia del mundo clásico respecto a los judíos era muy grande, la historia del pasado judío. Y como todo historiador siempre escribe desde una situación definida y un tiempo concreto, siempre hay que tener en cuenta que Josefo escribió en el contexto de los años difíciles de la postguerra judeo-romana que había exacerbado la enemistad contra lo judío. En Roma existían fuertes sentimientos contra Judea y contra los judíos. El pueblo romano abominaba las «supersticiones» judaicas. Por eso Martín Goodman, en oposición a criterios anteriores, señala que «debería dársele crédito a Josefo por su valiente posición al defender el derecho que debían tener los judíos romanos de practicar su religión a pesar del entorno profundamente hostil […] La longitud y la meticulosidad de las Antigüedades son testimonio suficiente para mostrar la seriedad con la que cumplió su papel. Si los judíos de Roma le hubieran estado agradecidos por sus esfuerzos como deberían haber estado, Josefo no hubiera vivido los años de su vejez como un hombre solitario»[2]. «El hombre a quien los judíos más odiaron durante su propia vida como traidor a su país, se convirtió en defensor de su pasado».[3]
