El Libro de Mormón
El Libro de Mormón 4:10 Y aconteció que el Espíritu me compelió a que matara a Labán; pero dije en mi corazón: Yo nunca he derramado sangre humana. Y me sobrecogí y deseé no tener que matarlo.
4:11 Y el Espíritu me dijo de nuevo: He aquí el Señor lo ha puesto en tus manos. Sí, y yo también sabía que había intentado quitarme la vida, y que él no quería escuchar los mandamientos del Señor; y además, se había apoderado de nuestros bienes.
4:12 Y sucedió que otra vez me dijo el Espíritu: Mátalo, porque el Señor lo ha puesto en tus manos;
4:13 he aquí que el Señor destruye a los malvados para que se cumplan sus justos designios. Es preferible que muera un hombre a dejar que una nación degenere y perezca en la incredulidad.
4:14 Y cuando yo, Nefi, hube oído estas palabras, me acordé de las que el Señor me había hablado en el desierto, diciendo: En tanto que tus descendientes guarden mis mandamientos, prosperarán en la tierra de promisión.
4:15 Sí, y también consideré que no podrían guardar los mandamientos del Señor según la ley de Moisés, a menos que tuvieran esa ley.
4:16 Y también sabía que la ley estaba grabada sobre las planchas de bronce.