El delincuente honrado
El delincuente honrado TORCUATO.- (Con inquietud.) Si este hombre no se va, yo no podré decÃrselo.
SIMÓN.- Laura, ¿qué es eso? Tú estás triste. También lo está Torcuato. ¡Qué!, ¿un viajecillo de pocos dÃas puede turbar vuestro buen humor?
TORCUATO.- Para dos corazones que se aman, la menor ausencia, señor, es un mal grave. Como cuentan sus gustos por momentos, cualquiera tiempo, cualquiera distancia que los separe, los aflige.
LAURA.- (Con énfasis.) Añadid al que se queda la incertidumbre, y veréis cuánto es más justo su dolor.
SIMÓN.- ¡Bueno! ¡Lindo! No lo dijeran mejor dos amantes de Calderón. Ea, niña, no te vayas haciendo melindrosa. Que tu marido vaya y venga a sus negocios cuando le acomode, que harto tiempo os queda para vivir juntos.
TORCUATO.- (Aparte.) ¡Pluguiera al cielo!
SIMÓN.- (A LAURA.) Mira si quieres que te traiga algo de Madrid, y dÃselo.
LAURA.- (Mirando a TORCUATO con ternura.) Sólo quiero que vuelva pronto.