Los muertos
Los muertos Kate y Julia bajaron tambaleándose, pero a toda velocidad, por las escaleras. Ambas le dieron un beso a la mujer de Gabriel, afirmaron que debÃa de estar helada de frÃo y le preguntaron si Gabriel habÃa venido con ella.
—Aquà me tienes, sano y salvo, tÃa Kate —dijo Gabriel desde la penumbra del vestÃbulo.
Continuó restregándose los pies para quitarse de ellos los restos de la nieve, mientras las tres mujeres subÃan las escaleras entre risas, en dirección al tocador que se habÃa acondicionado para las damas. Una delgada capa de nieve estaba posada como una esclavina sobre los hombros del abrigo de Gabriel y le cubrÃa las extremidades de los chanclos como la puntera de un zapato. Al desabrocharse el abrigo, los botones rechinaron al rozar con la nieve endurecida que ribeteaba los ojales, y el aroma fragante del aire fresco de la calle se escapó por los pliegues y aberturas.
—¿Está nevando otra vez, señor Conroy? —preguntó Lily.
