Ulises
Ulises PRELIMINAR a cualquier otra cosa, el señor Bloom desembarazó a Stephen de las virutas y le alcanzó el sombrero y el bastón de fresno reanimándolo, en fin, de acuerdo con la ortodoxia samaritana, lo que le era realmente necesario. Su mente (la de Stephen) no estaba lo que se dice extraviada, sino un poco insegura, y el señor Bloom, ante su expreso deseo de algo para beber, en vista de la hora y visto que no había fuentes de agua de Vartry a mano para sus abluciones, y mucho menos para calmar la sed, sugirió a renglón seguido lo adecuado que resultaría utilizar el refugio del cochero, pues así le llamaba, apenas a un tiro de piedra, cerca del Butt Bridge[1], donde podrían dar con algunos bebestibles bajo la forma de leche o soda o agua mineral. Pero la dificultad estaba en llegar hasta allí. Se hallaba algo perplejo, pero como era evidente que tenía sobre él la responsabilidad de lo que se hiciera, pesaba cuidadosamente el pro y el contra de los arbitrios que tomara, mientras Stephen bostezaba repetidamente. Por lo que podía observar, él tenía el rostro más bien pálido, de manera que se le ocurrió como cosa muy aconsejable procurarse algún medio de transporte de cualquier naturaleza que respondiera a sus condiciones, ya que ambos estaban exhaustos, sobre todo Stephen, suponiendo, claro está, que hubiera algún medio a su alcance. Por consiguiente, después de unos cuantos preliminares análogos, y habiéndose olvidado de levantar su algo saponificado pañuelo después de haberlo utilizado a guisa de cepillo para limpiar las virutas, ambos se pusieron en marcha por Beaver Street; o, más bien dicho, callejuela, hasta la altura de la herrería y la notablemente fétida atmósfera de las caballerizas en la esquina de Montgomery Street, de donde torcieron hacia la izquierda, desembocando en Amiens Street por la esquina de Dan Bergin[2]. Mas, tal cual se maliciaba, no había señal de cochero alguno aguardando que lo llamaran para un viaje, excepto una victoria, probablemente alquilada por algunos sujetos, a los que aguardaba delante del North Star Hotel, y no hubo síntomas de que se fuera a menear un solo cuarto de pulgada cuando el señor Bloom, que de todo podía tener menos de silbador profesional, se esforzó en llamarla emitiendo una especie de silbido, con los brazos arqueados encima de su cabeza, dos veces.