Ulises

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El señor Bloom señaló en seguida. Resolver la compra y caminar detrás de ella si iba despacio, detrás de sus jamones en movimiento. Agradables como primera visión de la mañana. De prisa, maldita sea. Hay que aprovechar la ocasión. Ella se detuvo bajo el sol a la puerta de la tienda, y comenzó a andar luego perezosamente hacia la derecha. Él suspiró bajando la nariz: ellas nunca entienden. Manos sodaagrietadas. Uñas de los pies encostradas también. Escapularios castaños en jirones, defendiéndola por ambos lados. El aguijón del desprecio se enardeció para debilitar el placer en su pecho. Para otro: un policía fuera de servicio la abrazó en Eccles Lane. A ellas les gustan de buen tamaño. Salchicha de primera. Oh, por favor, señor policía, estoy perdida en el bosque.

—Tres peniques, por favor.

Su mano aceptó la húmeda glándula tierna y la deslizó en un bolsillo lateral. Luego sacó tres monedas del bolsillo de su pantalón y las colocó sobre las púas de goma. Desparramadas allí, fueron examinadas rápidamente y rápidamente deslizadas, disco por disco, dentro del cajón.

—Gracias, señor. Hasta la vista.

Una chispa de vehemente fuego en los zorrojos le agradeció. Desvió su mirada después de un instante. No: mejor que no; otra vez.

—Buenos días —dijo alejándose.


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