Ulises

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—¿Para quién son las cartas?

Él las miró. Mullingar[29]. Milly.

—Una carta para mí de Milly —dijo con circunspección— y una tarjeta para ti. Y una carta para ti.

Dejó la tarjeta y la carta sobre el cubrecama de sarga cerca de la curva de sus rodillas.

—¿Quieres que suba la persiana?

Mientras subía la persiana hasta la mitad con suaves tirones, con el rabo del ojo la vio echar una mirada a la carta y meterla bajo la almohada.

—¿Está bien? —preguntó, dándose la vuelta.

Estaba leyendo la tarjeta, apoyada sobre el codo.

—Ella recibió las cosas —dijo ella.

Esperó hasta que ella hubo dejado a un lado la tarjeta y se hubo vuelto desperezándose con un suspiro de satisfacción.

—Date prisa con el té —dijo ella—. Tengo la garganta reseca.

—La perola está hirviendo —respondió él.

Pero se detuvo a desocupar la silla. La enagua rayada, ropa blanca usada tirada: y en una brazada lo puso todo al pie de la cama.

Mientras bajaba por las escaleras de la cocina, ella le gritó:

—¡Poldy!

—¿Qué?

—Escalda la tetera.


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