Ulises
Ulises Red Murray tocó el brazo del señor Bloom con las tijeras y murmuró:
—Brayden[4].
El señor Bloom se dio la vuelta y vio al portero de librea levantar su gorra con inscripción mientras una majestuosa figura entraba entre las pizarras de noticias del Weekly Freeman and National Press y del Freeman’s Journal and National Press. Opacosonantes barriles de Guinness. Pasó majestuoso escaleras arriba remolcado por un paraguas, un rostro solemnemente enmarcado en su barba. La esclavina de paño fino ascendía cada escalón: espalda. Tiene toda la inteligencia en el cogote, decía Simon Dedalus. Costurones de carne detrás. Gordas dobleces de cuello, gordo, cuello, gordo, cuello.
—¿No te parece que su cara es como la de Nuestro Salvador? —cuchicheó Red Murray.
La puerta de la oficina de Ruttledge cuchicheó: ii, crii. Siempre colocan una puerta frente a otra para que el viento. Entrada. Salida.
Nuestro Salvador: rostro oval rodeado de barba: hablando en la penumbra María, Marta. Timoneado por la espada de un paraguas hacia las candilejas: Mario el tenor[5].
—O como Mario —dijo el señor Bloom.
—Sí —contestó Red Murray—. Pero decían que Mario era el retrato de Nuestro Salvador.