Ulises

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—Ella murió —replicó Stephen— sesenta[29] y siete años después de haber nacido. Ella le vio al entrar y salir del mundo. Ella recibió sus primeros abrazos. Dio a luz a sus hijos y le puso peniques sobre los ojos para mantener cerrados sus párpados cuando él yacía en su lecho de muerte.

El lecho de muerte de mi madre. Vela. El espejo envuelto en sábanas. Quien me trajo al mundo yace ahí, con párpados de bronce bajo unas pocas flores baratas. Liliata rutilantium.

Yo lloré solo.

John Eglinton miró la enmarañada luciérnaga de su lámpara.

—El mundo cree que Shakespeare cometió un error —dijo— y que se zafó de él lo mejor y lo más rápidamente que pudo.

—¡Tonterías! —dijo Stephen groseramente—. Un hombre de genio no comete errores. Sus errores son voluntarios y las puertas del descubrimiento.

Las puertas del descubrimiento abiertas para dejar entrar al bibliotecario cuáquero, de botines suavemente crujientes, calvo, orejudo y diligente.

—No es fácil imaginar —dijo John Eglinton astutamente— a una arpía como puerta adecuada para descubrimiento alguno. ¿Qué descubrimiento útil obtuvo Sócrates de Jantipa?[30].


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