Pedro Páramo
Pedro Páramo Mis pasos crujían sobre la tierra seca y polvorienta, y con cada paso los susurros parecían crecer a mi alrededor. Un sinfín de murmullos enredados llenaba el aire, voces apagadas, lastimeras, como si el propio Comala estuviera lleno de almas errantes incapaces de encontrar descanso. Sentía un peso sobre mí, algo que me atrapaba con la sutil fuerza de lo inevitable. Había llegado buscando a un hombre, pero lo que me rodeaba era mucho más: era la resonancia de una vida gastada y devorada por el tiempo, y una muerte sin final.
De pronto, entre las sombras que parecían vigilarme, apareció un hombre. Caminaba lentamente, cabizbajo, con la piel quemada por el sol y los ojos oscuros, hundidos en un vacío que no pude comprender del todo. Su rostro estaba marcado por una tristeza que parecía infinita, una tristeza que había nacido mucho antes de él y que ahora cargaba como una cruz. Al acercarme, levantó la vista, y en su mirada percibí una melancolía que parecía llegar al fondo de mis huesos.
“¿Usted es de los hijos de Pedro Páramo?” le pregunté, aunque sentía que ya sabía la respuesta.
