Pedro Páramo
Pedro Páramo Al caer la noche, doña Eduviges oyó un murmullo apagado, como un susurro lejano. Se acercó con cuidado, y desde la oscuridad de la calle, vio a Pedro inclinado sobre el cuerpo inerte de Susana, sus manos temblando al rozar su rostro sin vida. “Susana,” murmuraba él, y en su voz había algo que nunca había mostrado antes. “¿Por qué me dejaste solo?”
No era solo el dolor por perderla; era un abismo mucho más profundo. Comala había sentido la muerte de Susana como un golpe a su propio espíritu, y Pedro, el hombre que no conocía límites, ahora enfrentaba un vacío que su riqueza y su poder no podían llenar. Desde ese momento, algo en Pedro comenzó a desmoronarse. Ya no importaban las tierras, ni las riquezas, ni el control. Sin Susana, toda su vida había perdido sentido.
“Después de la muerte de Susana, él ya no era el mismo,” continuó doña Eduviges, su voz apenas un susurro. “Fue como si se le hubiera ido la vida con ella, como si el propio pueblo comenzara a secarse junto con su alma.”