Pedro Páramo
Pedro Páramo AsÃ, Comala me absorbió, envolviéndome con su silencio sofocante y sus murmullos de un tiempo perdido. Cada paso me llevaba más cerca de la esencia de este lugar, de una oscuridad que parecÃa latir bajo mis pies y que, como una sombra viva, se extendÃa por cada rincón. Comprendà que Pedro Páramo no era solo el nombre de un hombre, ni el eco de un cacique cruel. No, Pedro Páramo era más que eso. Se habÃa convertido en Comala misma: en la tierra que pisaba, en el sol abrasador que lo quemaba todo sin clemencia, en el aire denso que ahogaba el alma. Era una presencia tan omnipresente que escapaba de cualquier lÃmite, porque él y el pueblo habÃan llegado a ser uno solo.
Mientras caminaba, las voces de los muertos me rodeaban, enredándose en mis pensamientos, susurrando nombres y recuerdos de amores y odios antiguos. Los vi entonces, figuras difusas que se acercaban desde el polvo de los caminos y de los escombros de las casas. Eran sombras, pero no sombras de cuerpos sino de almas; almas que habÃan sido arrancadas de su humanidad y que ahora solo eran el reflejo de un sufrimiento eterno. Los vi como si estuvieran frente a mÃ, mirándome con los ojos huecos, con la tristeza de quienes ya no esperan nada.
