Pedro Páramo
Pedro Páramo La promesa se selló en el último aliento de mi madre. Sus ojos apagándose me buscaron en medio de la penumbra, y me pidió algo que iba mucho más allá de un simple favor. “Ve a Comala”, susurró, con una voz apenas más viva que el silencio de aquella habitación. “Ve y cóbrale el olvido a ese hombre, tu padre... Pedro Páramo”. Su mano, fría y frágil como una hoja seca, tembló en la mía, aferrándose a mí por última vez. Y así, sin entender del todo lo que me pedía, asentí. Ella exhaló su último suspiro, dejando en mí un eco de esa despedida que me ataría para siempre al deber de cumplir su deseo.
Cuando llegué a Comala, lo que encontré no fue el paraíso que ella había descrito con nostalgia. No había rastros de aquel “valle verde” que mi madre pintó con sus palabras de otros tiempos, sino una llanura desnuda y abrasada bajo el sol de agosto, el aire tan denso que costaba respirar. Un olor penetrante a tierra reseca y hierba quemada lo cubría todo, impregnando hasta mis pensamientos, como si aquel aroma supiera de memorias enterradas.
