Pedro Páramo
Pedro Páramo Las palabras resonaron en mi mente como una sentencia. Yo había llegado para enfrentarme a Pedro Páramo, para cumplir aquella promesa hecha a mi madre. Pero, en el fondo, supe que enfrentarse a Pedro Páramo no sería un asunto de encontrar a un hombre… sino de entrar en un reino del que pocos parecían regresar.
Comala se extendía ante mí, un desierto de ruinas que parecía detener el tiempo. Las casas estaban en silencio, sus puertas desportilladas y cubiertas de polvo, como si nadie hubiera pisado esas calles en años. Era como si el pueblo mismo se hubiera olvidado de estar vivo. Pero en lugar de encontrar paz, sentí el peso de una expectación, como si cada sombra y cada rincón escondieran secretos oscuros que no debían ser desenterrados. Mis pasos resonaban en las piedras, y el eco regresaba a mí cargado de un silencio que sabía a abandono.
Un rebozo apareció de la nada en una esquina de la calle, y allí estaba doña Eduviges, de pie, mirándome. Había algo extraño en ella, algo en su mirada que parecía estar al tanto de cada pensamiento que cruzaba por mi mente. Me acerqué y, sin que yo dijera nada, asintió lentamente, como si me hubiese estado esperando toda la vida.
