Pedro Páramo
Pedro Páramo “Usted debe ser el hijo de Dolores,” dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Sentí una sacudida en el pecho, un eco del recuerdo de mi madre, muerta hacía días. “Su madre me avisó de que vendría.”
Mi incredulidad debió notarse en mi rostro, porque doña Eduviges simplemente añadió, “Aquí, los muertos aún tienen cosas que decir.” Lo dijo sin el menor rastro de duda, con una naturalidad que me estremeció. En ese instante, supe que Comala no era solo un pueblo deshabitado; había algo más, algo que llenaba el aire y el silencio, como un murmullo atrapado entre las ruinas.
“Aún escucho su voz,” continuó doña Eduviges. “Dolores y yo éramos como hermanas. Nos cuidábamos la una a la otra… aunque fue Pedro quien la dejó en el olvido, como a tantos. ¿Pedro Páramo es a quien vienes a buscar?”
“Sí,” respondí, sin entender del todo a qué se refería con ese olvido, aunque sentía la sombra de algo oscuro y viejo entre sus palabras.
“Pedro Páramo…” musitó ella, y una risa baja, casi un susurro, se escapó de sus labios. “Pedro no es como los otros hombres. Él no busca poseer solo tierras… quiere las almas de quienes pisan su tierra.”
