Esto no existe
Esto no existe Ser varón, hoy, implica vivir bajo un manto de sospecha. Desde la infancia, se les asigna una carga simbólica de agresividad, dominio y peligro. Se les exige renunciar a espacios, callar en ciertos debates, pedir perdón por crímenes que no han cometido. No importa el individuo, importa su sexo. El relato dominante no distingue entre inocentes y culpables: el solo hecho de ser hombre los ubica como parte de una estructura opresora.
Instituciones, campañas y medios replican constantemente la idea de que el hombre es una amenaza latente. Desde frases como “todos los hombres son machistas” hasta propuestas de toques de queda o espacios sin varones, la sociedad ha empezado a aceptar con naturalidad un discurso misándrico que sería inaceptable si el objeto fuera otro grupo. Incluso los niños son percibidos como futuros agresores que deben ser reeducados antes de que se conviertan en monstruos.
El concepto de “masculinidad tóxica” se extiende como un veneno simbólico que contamina cualquier gesto, emoción o comportamiento masculino. Y mientras tanto, se silencian las heridas, las depresiones, los suicidios, la desesperación de quienes no encajan en ese molde o se ven excluidos sin haber hecho nada. La masculinidad ha sido convertida en culpable por defecto, sin juicio ni defensa.
