Roberto el pirata o el nieto del diablo

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CAPITULO LXXXVII

DONDE MENOS SE PIENSA...

El postillón detuvo los caballos.

Gabriel procuró ocultarse en el fondo del coche; en tanto doña Ana y fray Miguel se asomaron cada uno por distinta ventanilla.

La tropa ocupaba el camino, como cerrando el paso.

Los soldados blandían las lanzas en actitud de atacar si encontraban resistencia.

Habíase adelantado unos cuatro pasos uno de los hombres vestidos de negro.

Su gola y sus vuelillos eran de encajes, lo que le daba por jefe de los demás: era el que había dado la voz de ¡alto!

—¡Salid!-dijo por lo bajo el fraile a Espinosa.

—¡Yo!...-exclamó éste sin tratar de encubrir su terror.

—¡Salid, y no nos comprometéis! Vos debéis pasar por el amo... ¡y por Dios que me pesa no haberme encargado de ese papel!

Doña Ana le dirigió una mirada, que también era un mandato.

Espinosa no tuvo más remedio que asomarse a la ventanilla.

A toda esto, el jefe de la expedición había llegado ya a la portezuela del coche.


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