Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo —No, seño; y ahora lo único que os ruego es que me permitáis permanecer en vuestra casa unos cuantos dÃas.
—Bien, no me opongo.
—Yo, don Rodrigo, he hecho cuanto me ha sido posible.
—Por poneros en salvo, ¿tÃo es verdad?
—Y por complaceros; ¡ pero esos malditos corchetes despiden un olorcito tan especial!...
—Que no lo pudo resistir la delicadeza de vuestro olfato.
—Es cierto.
—Quedaos, pues, en esta casa, y paciencia.
Don Rodrigo de Peñalosa salió del aposento, dirigiéndose a otra estancia.
—No tengo duda de que este bribón no ha hecho gestiones de ningún género. Lo que él querÃa eran los ciento cincuenta escudos, y después se los ha gastado alegremente. ¡ Vive Dios que ha de acordarse de mÃ! El hidalgo Peñalosa llamó a Mauricio.
Este presentóse en seguida.
—Es necesario que inmediatamente te llegues a la casa del alguacil AnchÃa. Si no le encuentras en ella, aguarda hasta que regrese.
—Perfectamente, señor.