Roberto el pirata o el nieto del diablo

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CAPITULO IV

El legajo de la cinta negra

Conmovedora fué la primera entrevista que tuvo lugar entre doña Juana y el prisionero.

Este se arrojó en los brazos de su esposa, que ni siquiera tenía el consuelo de llorar, pues el manantial de sus lágrimas habíase agotado. Luego Antonio Pérez estrechó a su hija Gregoria y al hermanito de ésta.

—¡ Pobres ángeles míos! —les dijo—; ¡cuánto me he acordado de vosotros!

El secretario del rey hizo que doña Juana se sen tase a su lado.

Gregoria ocupó un asiento junto a su padre, y el niño montóse en las rodillas de Antonio Pérez.

—Sabía qué hoy ha a tener el gustó de veros.

—¿ Quién te lo dijo?

El alcalde don Alvaro, única persona a quien he visto desde que estoy preso, si se exceptúa al carcelero.

—¡Cuánto sufrirás!

—Mucho, Juana mía; pues aunque el alcalde me trata con todo género de consideraciones, necesariamente tengo que acordarme mucho de vosotros, que tan buenos sois.

—Ahora, Antonio, tu prisión te parecerá menos enojosa.

—¿Por qué, Juana?


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