Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo Como un año haría aproximadamente de la fuga de Antonio Pérez de Madrid.
Pendiente estaba todavía de resolución definitiva la competencia suscitada por él marqués de Almenara y sus auxiliares ante el tribunal del justicia mayor, en virtud del derecho de información aplicable en aquel reino á los oficiales del rey, como dicho queda.
Pero desesperábase ya de obtener tampoco por ese medio la entrega de Antonio Pérez á la justicia real.
El antiguo secretario de Estado había refutado victoriosamente ese mañoso recurso de la astucia cortesana, y roto una vez más la enmarañada red que se venía tendiendo á su alrededor.
Era un día sombrío y nebuloso, y una menuda y fría llovizna recordaba aún los tristes días del invierno.
Felipe II, tan sombrío y nebuloso como el tiempo, hallábase reclinado en un amplio sillón de labrada vaqueta con grandes clavos dorados, ante su mesa de despacho, y apretaba convulsivamente con su diestra mano un papel que sus ojos recorrían de cuando en cuando con siniestra complacencia.
—He llamado, tan deprisa á vuestra paternidad —decía dirigiéndose á fray Diego de Chaves, que se hallaba sentado en otro sillón frente á él-porque hay novedades importantes.
