Roberto el pirata o el nieto del diablo

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CAPITULO LXXI

Una declaración de amor escrita en la arena

Huyo el invierno con sus persistentes nieves y sus constantes lluvias.

Los árboles cubriéronse de hojas. Brotaron las flores con su diversidad de matices.

El cielo recuperó su diáfano azul.

Las aves dejaron oír sus melodiosos cantos contándose sus amores en halagüeños trinos.

El helado manantial empezó a afluir en multitud dé hilos de plata.

La hermosa primavera, esa grata estación del año, sonrió por todas partes, cubriendo la tierra de follaje y flores, aromas y luz.

El día en que debieran verificarse las bodas de don Luis y Jacobo se aproximaba.

Pepín había recuperado por completo la salud.

Si se exceptúa las veces que salía de su casa con don Luis ó a visitar a don Alonso de Santibáñez no se encontraba a gusto más que en su habitación o recorriendo las frondosas calles del jardín que rodeaba el palacio.

Verdad es que aquél era encantador.

Las tapias hallábanse cubiertas de enredaderas y lúpulo.

Multitud de cuadros cuajados de flores ornaban la parte más próxima del edificio.


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