Roberto el pirata o el nieto del diablo

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CAPITULO LXXII

Dos almas que se identifican

Llego el día fijado para que se realizasen las bodas de doña Luz y de Elvira.

Las dos jóvenes estaban resplandecientes de hermosura.

Ambas vestían dos magníficos trajes blancos adornados con los simbólicos ramos de azahar.

Doña Beatriz y el hacendado don Lope Ibáñez eran los padrinos de don Luis de Acevedo.

La madre de Jacobo y Pepín, los que habían de apadrinar el enlace de Elvira.

La ceremonia religiosa debía tener lugar en la capilla del palacio de Peñalosa.

El altar mayor hallábase cubierto de flores que embalsamaban el ambiente.

Centenares de luces iluminaban el templo.

Multitud de hermosas damas y de nobles caballeros acudían al palacio.

Eran las tres de la tarde cuando los novios entra— ron en la capilla, donde esperábales el sacerdote para bendecirles.

Doña Luz y don Luis postráronse ante el altar.

En aquel instante, los dos jóvenes cambiaron una dulce mirada.

Al fin iban a realizar sus más queridas aspiraciones.


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