Carta al padre

Carta al padre

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Pero así era tu manera de educar. Creo que tienes talento educativo; a una persona como tú le hubieses sido sin duda útil en su educación; hubiera reconocido lo sensato de tus observaciones, no se hubiera preocupado por nada y habría obrado tranquilamente. Pero para mí, un niño, toda palabra que me dirigías era como un precepto divino, nunca lo olvidaba, lo asimilaba como el medio más eficaz para juzgar el mundo, más que nada para Juzgarte a ti, y en eso fracasabas completamente. Como por lo común me encontraba contigo durante la hora de las comidas, tu enseñanza en gran parte versaba sobre el correcto comportamiento en la mesa. Lo que se colocaba sobre la mesa debía comerse; no era permitido opinar sobre la calidad de la comida, pero tú, a menudo, la encontrabas incomible, la llamabas "la bazofia", la "bestia" (la cocinera) la había echado a perder. Como, debido a tu apetito excelente y tu peculiar preferencia, tragabas la comida con rapidez, caliente, y a grandes bocados, los niños debían apresurarse; un silencio sombrío reinaba en la mesa, sólo interrumpido por amonestaciones: "primero come, después habla", o "pronto, pronto", o "mira, hace rato que yo terminé". Los huesos no podían morderse, pero tú sí podías; el vinagre no podía sorberse, pero tú sí podías. Lo principal era cortar el pan en forma correcta, pero no tenía importancia que tú lo hicieras con un cuchillo que chorreaba salsa. Había que cuidar que no cayesen migas al suelo, pero al terminar, donde más restos había era debajo de tu silla. Una vez sentados a la mesa, sólo era permitido ocuparse en comer. Pero tú te limpiabas y te cortabas las uñas, sacabas punta a lápices, te hurgabas las orejas con escarbadientes. Te ruego, padre, que me comprendas bien: todos éstos hubieran sido detalles sin importancia, pero se tornaron deprimentes para mí porque tú, un hombre tan enormemente decisivo en mi vida, no cumplías los preceptos que me dictabas. Por esa razón el mundo quedó para mí dividido en tres partes: una donde vivía yo, el esclavo, bajo leyes inventadas exclusivamente para mí, y a las que, además, no sabía porqué, no podía adaptarme por entero; luego, un segundo mundo, infinitamente distinto del mío, en el que vivías tú, ocupado en gobernar, impartir órdenes y enfadarte por su incumplimiento; y, finalmente, un tercer mundo donde vivía la demás gente, feliz y libre de órdenes y de obediencia. Yo me hallaba siempre en una vergonzosa situación: o bien obedeciendo tus órdenes, lo cual implicaba una afrenta, ya que sólo tenían vigencia para mí, o bien adoptando una actitud obstinada, lo que también era ignominioso, ya que era imposible mantenerse obstinado frente a ti, o bien no podía obedecerte porque no poseía, simplemente, ni tu fuerza, ni tu apetito, ni tu habilidad, a pesar de que tu exigías eso como algo que se da por sobreentendido; y ésta era sin duda la vergüenza mayor. Así se movían, no las reflexiones, sino los sentimientos del niño.


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