Cartas a Felice
Cartas a Felice 25, I, 15[188]
Debo resumir, F.? Ante todo una observación tan antigua como inmediata. Tomo la pluma y estoy cerca de ti, más cerca que cuando estoy junto al sofá. Aquà no me trastornas, aquà no te zafas de mi mirada, ni de mis pensamientos, ni de mis preguntas, ni siquiera estando callada. ¿Acaso estamos aquà en el apartamento de la buhardilla con el reloj de la torre de la iglesia como reloj de pared? Posiblemente.
Hemos comprobado que no hemos pasado ni un solo buen momento juntos. Y hasta está dicho pomposamente. Quizás no hemos pasado juntos ni un solo minuto plenamente libre. Recuerdo las Navidades de 1912. Max estaba en BerlÃn y creyó estar obligado a prepararte para recibir una horrible carta que te amenazaba. Tú prometiste ser valerosa, pero dijiste más o menos lo siguiente: «Es tan curioso, nos escribimos, de forma regular y muy frecuente, tengo ya muchas cartas suyas, me gustarÃa ayudarle, pero es tan difÃcil, me lo hace tan difÃcil, no conseguimos aproximarnos». En ese punto —entiéndeme bien—, es casi donde han quedado las cosas, para los dos. El uno lo reconoce antes, el otro después, el uno lo olvida en el instante en que el otro lo recuerda. Pero podrÃa creerse que el remedio fuera fácil. Si no puede uno acercarse, se aleja uno más. Pero ocurre que eso tampoco es posible. La señal indicadora no indica más que una dirección.
