Cartas a Felice
Cartas a Felice Me fue imposible contestar enseguida a tu última carta. No me esperaba una carta como esa. Tu foto en la nieve era diferente. Y, sin embargo, por supuesto que lo comprendo, es espantoso. Lo sé, pero no conozco ningún remedio e ignoro dónde ves tú un remedio al que no se haya recurrido ya. Actualmente no es posible ningún cambio, pero ¿más tarde, en el mejor de los casos? En el mejor de los casos llegaré a BerlÃn devorado por el insomnio y por los dolores de cabeza. (Recientemente me he enterado, de improviso, de una buena noticia que no me concernÃa de modo inmediato, y que, años atrás, me hubiera proporcionado un rato de tranquila alegrÃa. Pero ahora mi situación interna se ha hecho tal que dicha noticia provocó el que perdiera literalmente el conocimiento por un instante, y me pasara luego un dÃa y una noche con la cabeza como atrapada en una red tupida, hecha de finos y cortantes cordeles). De modo que cuando acabe la guerra iré a BerlÃn convertido en un hombre como ese, Felice. Mi primera tarea consistirá en meterme en algún agujero y someterme a interrogatorio. ¿Cuál será el resultado? El ser viviente que hay en mà tiene esperanzas, esto no es para asombrarse, como es lógico. Pero el que juzga no. Ahora bien, mi ser juzgante dice también que incluso si me suprimiera, metido allá en mi agujero, habrÃa hecho lo mejor que podÃa hacer. Pero ¿y tú, Felice? Solo si salgo del agujero, solo si logro de una forma o de otra salir de ese agujero, llegaré a tener derecho a ti. Y en concordancia con esto, solo entonces me mirarás tú también como es debido, pues actualmente soy para ti —y además es muy justo que asà sea— lo mismo si es en el Askanischer Hof como si es en el Tiergarten o en Karlsbad, un niño malo, un loco o algo por el estilo, un niño malo al que, inmerecidamente, tienes cariño, pero al que se lo tendrÃas que tener merecidamente.