Cartas a Felice

Cartas a Felice

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Mi amor, he aquí mi historia de alojamientos. Formidable tema. Me da miedo, no seré capaz de dominarlo. Me rebasa. Solo podré escribir una milésima parte, y de ella solo una milésima estará presente en mi mente al escribirla, y de esta solo lograré hacerte entender una milésima, etc. Pese a todo es preciso que lo haga, quiero escuchar tus consejos. Así que lee con atención y aconséjame bien: ya conoces los males que me aquejan desde hace dos años, males pequeños si se los compara con los que durante ese mismo tiempo viene padeciendo el mundo, pero para mí suficientes. Una cómoda y agradable habitación en forma de ángulo, dos ventanas, una puerta de acceso al balcón. Vistas sobre muchos tejados e iglesias. Gentes soportables, puesto que con un poco de entrenamiento no hay nada que me obligue a verlas. Calle ruidosa, paso de vehículos pesados a primeras horas de la mañana, cosa a la que, sin embargo, estoy ya casi acostumbrado. No obstante la habitación para mí es inhabitable. Cierto que está situada al fondo de un vestíbulo muy largo y que exteriormente está bastante aislada, pero es un edificio de cemento, oigo, o mejor dicho, oía, hasta pasadas las 10, los suspiros de los vecinos, las conversaciones de los vecinos de abajo, de cuando en cuando un estrépito proveniente de la cocina. Además, encima del fino techo del cuarto se encuentra el desván con los tendederos, y resultan incalculables los días en que, a última hora de la tarde, cuando me disponía a trabajar un poco, una criada, con toda inocencia, me ha lo que se dice pisoteado el cráneo con los tacones de sus botas mientras cuelga la ropa de la colada. En alguna que otra ocasión ha habido también un piano que sonaba, y, en el verano, cantos, un violín y un gramófono procedentes del semicírculo que forman las otras casas cercanas. Así pues, no se consigue un silencio aproximadamente total hasta las 11 de la noche. Por lo tanto, imposibilidad de alcanzar la paz, absoluto desarraigo, semillero de toda demencia, debilidad cada vez mayor y carencia de perspectivas. Cuánto quedaría aún por decir a este respecto, pero prosigamos. Este verano una vez fui con Ottla en busca de alojamiento, no creía ya en la posibilidad de un silencio auténtico, pero de todos modos me puse a buscar. Vimos algunas cosas por la zona de Kleinseite, mientras yo pensaba constantemente si no habría algún hueco silencioso metido en cualquier rincón de desván de uno de los viejos palacios, en donde poderse estirar en paz. Nada, no encontramos lo que se dice nada. Por entretenimiento, preguntamos en la callejuela. Y sí, nos dijeron que en noviembre quedaba una casita para alquilar. Ottla, que también busca silencio, aunque a su manera, se enamoró de la idea de alquilar la casa. Yo, en mi debilidad innata, le desaconsejé hacerlo. Ni se me pasó por la cabeza que también yo pudiera vivir allí. Un lugar tan pequeño, tan sucio, tan inhabitable, con todos los defectos que pueda haber. Pero ella insistió, cuando el apartamento quedó desalojado por la gran familia que lo habitaba mandó que lo pintaran de arriba abajo, compró unos cuantos muebles de junco (no conozco silla alguna que sea más cómoda que esta), y todo ello lo ha mantenido, y sigue manteniéndolo, en secreto para el resto de la familia. Aproximadamente en esos momentos yo regresé de Múnich con nuevos ánimos y me dirigí a una agencia inmobiliaria donde, de entrada casi, me ofrecieron una vivienda situada en uno de los palacios más hermosos[257]. Dos habitaciones, una antesala, la mitad de la cual estaba acondicionada como cuarto de baño. Seiscientas coronas al año. Era como la realización de un sueño. Fui a verla. Habitaciones altas y hermosas, rojos y oros, algo así como en Versalles. Cuatro ventanas que dan a un patio hondo y silencioso, una ventana que da al jardín. ¡El jardín! Al penetrar por el portón del palacio no se cree uno apenas lo que sus ojos están viendo. A través del alto semicírculo flanqueado por cariátides que forma el segundo portal, se contempla, en su lenta y ancha ascensión hasta la glorieta, un sendero que parte de unas escalinatas de piedra bellamente distribuidas y ramificadas en línea quebrada. Ahora bien, este alojamiento tenía un pequeño defecto. El anterior inquilino, un hombre joven separado de su mujer, solo había estado viviendo en el apartamento, con un criado, durante unos meses, al cabo de los cuales había sido trasladado (es un funcionario) y se había tenido que marchar de Praga, pero en ese breve espacio de tiempo había invertido tanto dinero en la casa que no estaba dispuesto a abandonarla así como así. Por este motivo la había conservado, y buscaba a alguien que, al menos en parte, le resarciese de los desembolsos (instalación de la toma de corriente eléctrica, acondicionamiento del cuarto de baño, construcción de armarios empotrados, instalación de línea telefónica, una gran alfombra de recubrimiento). Y ese alguien no era yo. Por todo ello quería seiscientas cincuenta coronas. Era demasiado para mí, además las habitaciones, frías y de techo excesivamente alto, me resultaban demasiado suntuosas, al fin y al cabo la verdad es que yo no tenía muebles, consideración esta a la que se añadieron otras de menos importancia. Pero es el caso que en ese mismo palacio, a alquilar directamente al administrador, había otro apartamento, en el segundo piso, habitaciones algo más bajas, vistas a la calle, el Hradschin justo delante de las ventanas. Más acogedor, más humano, modestamente arreglado, en él había vivido una condesa, en calidad de huésped, cuyas pretensiones probablemente eran más modestas, aún quedaba el mobiliario, juvenilmente femenino, compuesto de piezas antiguas. No obstante existían dudas respecto a que el apartamento estuviera disponible. Aquello me desesperó en aquel momento. En tal estado me trasladé a la casa de Ottla, que acababan de terminar. Tenía muchos de los defectos propios de todo comienzo, no tengo tiempo de contarte el desenvolvimiento de la cuestión. Hoy estoy plenamente conforme con ella. Con todo: el precioso camino que conduce hasta ella cuesta arriba, su silencio, solamente un fino tabique me separa de uno de los vecinos, pero este es bastante silencioso; suelo subirme la cena y la mayor parte de las veces me quedo allí hasta medianoche; además está la ventaja del camino de regreso a casa: no tengo más remedio que tomar la decisión de interrumpir el trabajo, y luego tengo el trayecto a recorrer, que me refresca la cabeza. Y la vida allá: es algo insólito eso de tener una casa, de no cerrar tras el mundo la puerta de la habitación, ni la del piso, sino, sin más ni más, la de la casa; pisar la nieve de la silenciosa calleja al salir directamente de la puerta de la casa. Todo ello por veinte coronas al mes, atendido en todo lo necesario por mi hermana, servido en lo poco que hace falta por la pequeña vendedora de flores (la alumna de Ottla), todo en orden y bonito. Y precisamente ahora se decide que el apartamento en el palacio está a mi disposición. El administrador, al que hice un favor, está de un ánimo muy amistoso hacia mí. Me dejan el apartamento que da a la calle por seiscientas coronas, claro que sin muebles, con los que había contado. Son dos habitaciones, una antesala. Hay luz eléctrica, aunque no cuarto de baño, ni bañera, pero tampoco es que la necesite. Ahora he aquí brevemente las ventajas de mi actual morada frente a las del apartamento del palacio: 1.º, la ventaja del todo-se-queda-como-estaba. 2.º, actualmente estoy satisfecho, ¿por qué crearme posibles ocasiones de arrepentimiento? 3.º, pérdida de una casa propia. 4.º, pérdida del camino de regreso a casa por las noches, el cual me hace dormir mejor. 5.º, me vería obligado a pedir prestados algunos muebles a mi hermana, la que ahora está viviendo en nuestra casa; para una de las habitaciones, que es de dimensiones gigantescas, la verdad es que solo tendría una cama que poner. Gastos de la mudanza. 6.º, ahora vivo en un sitio que está diez minutos más cerca de la oficina. El apartamento que da a la calle está, creo, orientado a poniente, mi habitación tiene luz matinal. Ahora, por el contrario, he aquí las ventajas del apartamento en el palacio: 1.º, la ventaja de todo cambio en general, y de este en particular. 2.º, la ventaja de tener para mí solo una vivienda silenciosa. 3.º, en mi actual residencia de trabajo la verdad es que no estoy completamente independiente, de hecho se la estoy quitando a Ottla; por muy cariñosa y abnegada que sea hacia mí, un buen día, en un momento de mal humor, sin querer me lo hará notar. Claro que sin duda le dará pena el que yo no vaya más a la casita, en el fondo a ella le basta con estar allí al mediodía de vez en cuando, y los domingos hasta las 6 de la tarde. 4.º, cierto que el trayecto de regreso a casa ya no lo tendré, y que también resultará difícil el salir por la noche, puesto que el portal no se puede cerrar desde fuera, pero, en compensación, por las noches podría pasear un rato muy a gusto por la parte del parque reservada por lo general casi exclusivamente para los señores. 5.º, después de la guerra lo primero que pienso hacer es intentar conseguir un año de permiso, lo cual sin duda no será posible de inmediato, si es que lo es de alguna manera. Bueno, en tal caso tú y yo tendríamos el alojamiento más maravilloso que pueda imaginarse en Praga, dispuesto para recibirte, claro que por relativamente poco tiempo, durante el cual te verías obligada a prescindir de una cocina propia, e incluso de cuarto de baño. Pero no obstante todo estaría a mi gusto, y tú podrías reposar a fondo dos o tres meses. Y el inenarrable parque, por ejemplo en primavera, en verano (los señores están ausentes) o en otoño. Ahora bien, si no me aseguro este alojamiento ahora mismo, sea porque me traslade allí o sea porque (¡demencial despilfarro que rebasa todo cuanto un funcionario es capaz de imaginar!) lo pague solamente, ciento cincuenta coronas cada trimestre, raro será que me haga con él, de hecho ya lo he alquilado, pero seguro que el administrador no tendría inconveniente alguno en que me vuelva atrás, sobre todo puesto que el asunto, como se puede comprender, no tiene para él ni una partícula de la importancia que tiene para mí. Qué poco es lo que he dicho. Pero en fin, juzga tú, y pronto.


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