Cartas a Felice
Cartas a Felice Solo que he de confesar una cosa, pese a lo mal que de por sà suena, y lo mal que casa, por añadidura, con lo que va dicho, y es que soy poco puntual en mi correspondencia. La cosa serÃa aún peor de lo que es, si no tuviera la máquina de escribir; pues caso de que mis humores no propiciaran la redacción de una carta, al fin y al cabo siempre están ahà las puntas de los dedos para escribir. Como contrapartida, jamás espero que las cartas me lleguen puntuales; incluso cuando dÃa tras dÃa aguardo con ansia la llegada de una carta, nunca me llamo a engaño si no viene, y cuando al fin llega, con frecuencia me llevo un susto. Al colocar otro papel en la máquina reparo en que quizá me haya presentado como mucho más complicado de lo que soy. Si es que he cometido tal error, me estarÃa absolutamente bien empleado, pues ¿por qué ponerme a escribir esta carta después de mi sexta hora de oficina y con una máquina a la que no estoy muy acostumbrado? Y sin embargo, sin embargo —el único inconveniente de escribir a máquina es que pierde uno el hilo de una manera— aun cuando cupiese poner reparos, quiero decir reparos de orden práctico, en lo tocante a llevarme a lo largo de un viaje en calidad de acompañante, guÃa, lastre, tirano o lo que de mà pueda buenamente resultar, lo cierto es que contra mà como corresponsal —y de esto se tratarÃa exclusivamente por el momento— nada decisivo podrÃa objetarse de antemano, pudiendo muy bien, por tanto, intentarlo conmigo.
