Contemplacion
Contemplacion FINALMENTE, hacia las diez de la noche, llegué con aquel hombre a quien apenas conocía, y que no se había despegado de mí durante dos largas horas de paseos por las calles, frente a la casa señorial donde tendría lugar una reunión a la que me habían invitado.
—Bueno —dije, y junté ruidosamente las palmas de las manos, para indicarle la necesaria inminencia de una despedida.
Ya había hecho algunas tentativas menos explícitas, y estaba bastante cansado.
—¿Piensa entrar ya? —me preguntó.
De su boca surgía un ruido como de dientes que se entrechocaban.
—Sí.
