Contemplacion
Contemplacion CUANDO ya se volvÃa insoportable —hacia el atardecer de un dÃa noviembre—, cansado de ir y venir por la estrecha alfombra de mi habitación, como en una pista de carreras, y de eludir la imagen de la calle iluminada, me volvà hacia el fondo del cuarto, y en la profundidad del espejo encontré una nueva meta, y grité, solamente para oÃr mi propio grito, que no halló respuesta ni nada que disminuyera su vigor, de modo que ascendió sin resistencia, sin cesar ni siquiera cuando ya no fue audible; frente a mà se abrió en ese momento la puerta, rápidamente, porque hacÃa falta rapidez, y hasta los caballos de los coches piafaban en la calle como caballos enloquecidos en una batalla, ofreciendo sus gargantas.
Como un pequeño fantasma, se introdujo una niña desde el oscuro corredor, donde la lámpara no habÃa sido encendida aún, y permaneció allÃ, de puntillas, sobre una tabla del piso que se estremecÃa levemente. Inmediatamente deslumbrada por el crepúsculo de mi habitación, intentó cubrirse la cara con las manos, pero se contentó inesperadamente con echar una mirada hacia la ventana, frente a cuya cruz el vapor ascendente de la luz callejera se habÃa finalmente acurrucado, bajo la oscuridad. Con el codo derecho se apoyó en la pared, frente a la puerta abierta, permitiendo que la corriente que entraba le acariciara los tobillos, y también el pelo y las sienes.
