Contemplacion
Contemplacion Nos sumergÃamos de cabeza en el atardecer. No existÃan ni el dÃa ni la noche. Tan pronto se entrechocaban como dientes los botones de nuestros chalecos como corrÃamos regularmente espaciados, con fuego en la boca, como animales del trópico. Como los coraceros de las guerras antiguas, saltando hacia los aires y pisando fuerte, nos empujábamos mutuamente a lo largo de la corta callejuela, y con ese impulso todavÃa en las piernas seguÃamos un trecho por el camino principal. Algunos se metÃan en las alcantarillas, y apenas habÃan desaparecido frente al oscuro terraplén, cuando ya se les veÃa como forasteros en el sendero de arriba, desde donde nos gritaban.
—¡Bajad!
—¡Primero subid vosotros!
—Para que nos tiréis abajo; no, gracias, no somos tan tontos.
—Tan cobardes, querréis decir. Venid en seguida, venid.
—¿De veras? ¿Vosotros? ¿Nada menos que vosotros queréis tirarnos abajo? Me gustarÃa verlo.
HacÃamos la prueba, nos daban un empellón en el pecho y caÃamos sobre la hierba de la alcantarilla, encantados. Todo nos parecÃa uniformemente cálido, en la hierba no sentÃamos ni calor ni frÃo, solamente cansancio.
