Diarios & Carta al padre

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6.IX [1913]. Viaje a Viena. Charla insustancial y estúpida sobre literatura con Pick. Bastante repugnante. Así (como Pick) se puede vivir metido en la rueda de la literatura, sin poder salirse porque se tienen las uñas clavadas en ella, pero por lo demás siendo un hombre libre y pataleando que da gusto. Es un maestro resoplando por la nariz. Me tiraniza diciendo que yo lo tiranizo a él. — El que observa desde el rincón. — Estación de Heiligenstadt, vacía, con trenes vacíos[920]. A lo lejos, un hombre busca el cartel de los horarios. (Ahora estoy sentado en el pedestal del monumento a un tal Teophil Hansen[921].) Inclinado, con abrigo, la cara se desvanece frente al cartel amarillo. El tren pasa por delante de un pequeño restaurante con terraza. El brazo levantado de un cliente. Viena. Tontas inseguridades que al fin y al cabo respeto en su totalidad. Hotel Matschakerhof[922]. Dos habitaciones con una sola entrada. Me quedo la de delante. Alojamiento insoportable. Encima tengo que salir a la calle con Pick. Dice que ando demasiado deprisa, acelero todavía más. Aire ventoso. Reconozco todo lo que había olvidado. He dormido mal. Demasiadas preocupaciones. Un sueño asqueroso (Malek[923]). El problema del diario es al mismo tiempo el problema de todo el conjunto, lleva en su seno todas las imposibilidades del conjunto. Estuve pensando en ello en el tren mientras hablaba con Pick. Es imposible decirlo todo y es imposible no decirlo todo. Imposible preservar la libertad, imposible no preservarla. Imposible vivir de la única manera posible, es decir, vivir juntos, cada uno libre, cada uno por su lado, no casarse ni exteriormente ni de verdad, sólo estar juntos y con ello dar el último paso posible más allá de la amistad masculina, muy cerca ya del límite que tengo impuesto, donde ya se levanta el pie. Pero eso, precisamente, también es imposible. La semana pasada se me ocurrió eso una mañana como solución, quería escribirlo por la tarde. Por la tarde me encontré con una biografía de Grillparzer en las manos[924]. Hizo eso, exactamente eso. (Ahora mismo hay un señor mirando al Theophil Hansen, estoy sentado a sus pies como si fuera su Clío.) Pero qué insoportable, pecaminosa, repugnante fue esa vida, y sin embargo justamente como yo sería quizá capaz de vivirla, más dolorosamente que él, pues soy mucho más débil en bastantes aspectos. (Luego volví otra vez sobre el tema — sueño.) Por la tarde vi a Lise Weltsch[925].


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