Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Prudente como era su tÃo en todas las cosas, aconsejó a Karl que de momento no se comprometiera seriamente en nada. Que lo comprobara y lo mirara todo, pero sin dejarse atrapar. Los primeros dÃas de un europeo en América eran comparables a un nacimiento, y aunque —para que Karl no sintiera temores innecesarios— era cierto que uno se acostumbraba más rápidamente que cuando se penetraba desde el más allá en el mundo de los hombres, no habÃa que olvidar que el primer juicio era siempre inseguro y, por ello, no debÃa dejar que turbase quizá todos los juicios futuros, con cuya ayuda, al fin y al cabo, Karl tendrÃa que continuar allà su vida. El tÃo habÃa conocido a recién llegados que, por ejemplo, en lugar de observar aquellos buenos principios, se habÃan pasado dÃas enteros en el balcón, mirando a la calle como ovejas extraviadas. ¡Eso sólo podÃa trastornarlos! Esa inactividad solitaria, fascinada por la atareada jornada de Nueva York, se podÃa permitir a alguien que viajase por placer, y tal vez incluso aconsejársela, aunque no sin reservas, pero para quien quisiera quedarse allà serÃa su perdición; era un caso en que se podÃa utilizar esa palabra sin temor, aunque fuera exage—