Diarios & Carta al padre

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Lo que sí es seguro es que todo lo que se me ha ocurrido previamente, incluso con buenos propósitos, palabra por palabra, o bien sólo de manera incidental, pero con palabras explícitas, aparece en el escritorio, cuando trato de escribirlo, seco, erróneo, inmóvil, entorpecedor para todo lo que lo rodea, medroso, pero sobre todo incompleto, aunque no haya olvidado nada de la ocurrencia original. En gran parte esto se debe, por supuesto, a que cuando estoy sin papel se me ocurren cosas buenas sólo en los momentos de exaltación, que temo más que anhelo, aunque también los anhelo, pero luego la abundancia es tan grande que he de empezar a renunciar, y de la corriente extraigo cosas a ciegas, al puro azar, a golpes, de modo que esos logros, al escribirlos reflexivamente, no son nada en comparación con la abundancia en que vivían, son incapaces de revivir esa abundancia y por ello son malos y perturbadores, porque seducen inútilmente.

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16.IX [noviembre] 1911. Hoy al mediodía, antes de dormirme —aunque no me dormí en absoluto—, yacía sobre mí el torso de una mujer de cera. Su cara estaba echada hacia atrás sobre la mía, su antebrazo izquierdo me oprimía el pecho.

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Tres noches sin dormir[164], al menor intento de hacer algo estoy enseguida al límite de mis fuerzas.


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