Diarios & Carta al padre

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21.XI 1911. Eloy, por segunda vez en poco tiempo, ha venido a verme a casa mi antigua niñera[171], la de la cara amarilla negruzca, nariz angulosa y una verruga que a mí entonces me gustaba tanto en algún lugar de la mejilla. La primera vez yo no estaba en casa, y esta vez quería que me dejasen en paz y dormir, e hice que le dijeran que no estaba. Por qué me educó tan mal; yo era obediente, sin embargo, ella misma está diciéndoselo ahora, en la entrada, a la cocinera y a la señorita, yo era de carácter tranquilo y me portaba bien. Por qué no supo aprovechar eso en beneficio mío, para depararme un futuro mejor. Está casada o viuda, tiene hijos, tiene una manera de hablar muy expresiva, que no me deja dormir, cree que soy un señor alto, sano, de la hermosa edad de veintiocho años, que me gusta recordar mi infancia y que sé qué hacer con mi vida. Pero yo estoy tumbado aquí en el canapé, expulsado del mundo de una patada, esperando sólo que llegue el sueño, que no quiere venir, y si viene, sólo me rozará; tengo las articulaciones lastimadas de cansancio, mi cuerpo reseco va sucumbiendo entre temblores, con excitaciones de las que no le es dado tener una consciencia clara, mi cabeza experimenta sacudidas asombrosas. Y ahí están las tres mujeres delante de mi puerta, una me alaba por como fui, dos, por como soy. La cocinera dice que yo iré enseguida al cielo, quiere decir que iré sin dar ningún rodeo. Así será.


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