Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Encuentro con el matrimonio Tschissik en el Graben. Ella llevaba el traje de prostituta con que sale a escena en Der wilde Mensch [El salvaje]. Si la descompongo en sus detalles, la figura con que se me apareció en el Graben se vuelve inverosímil. (La vi fugazmente, pues me asusté ante su aparición, no la saludé, ella tampoco me vio y yo no me atreví a darme la vuelta enseguida.) Se veía mucho más baja que habitualmente, tenía la cadera izquierda echada hacia fuera, pero no a ratos, sino de forma permanente, la pierna derecha doblada, el movimiento de su cuello y de su cabeza, que acercaba a su marido, era muy precipitado, intentaba colgarse de su marido con su brazo derecho doblado, extendido de lado. El marido llevaba su sombrerito de verano, con el ala bajada por delante. Cuando me di la vuelta ya no estaban. Adiviné que habían ido al café Central, aguardé un poco al otro lado del Graben y, pasado un buen rato, tuve la suerte de verlos acercarse a la ventana. Cuando ella se sentó a la mesa, lo único que se veía era el ala de su sombrero de cartón forrado de terciopelo azul. — Luego soñé que estaba en un pasaje muy estrecho, tampoco demasiado alto, cubierto por un techo abovedado de cristal, parecido a los corredores no transitables que aparecen en los cuadros de los primitivos italianos, parecido también, desde lejos, a un pasaje que vimos en París, una bifurcación de la Rue des Petits Champs. Sólo que aquel pasaje de París era más ancho y estaba lleno de tiendas, mientras que éste discurría entre paredes desnudas y aparentemente no dejaba espacio para que dos personas caminasen juntas, si bien al adentrarse realmente en él, como hacíamos yo y la señora Tschissik, había una cantidad de espacio sorprendente, aunque a nosotros no nos sorprendía. Mientras yo me encaminaba con la señora Tschissik hacia una de las salidas, en dirección a un posible observador de la escena, y mientras la señora Tschissik se disculpaba a la vez por alguna falta suya (al parecer alcoholismo) y me pedía que no creyese a sus calumniadores, en el otro extremo del pasaje el señor Tschissik azotaba con un látigo a un greñudo san bernardo rubio que estaba frente a él de pie sobre las patas traseras. No estaba del todo claro si Tschissik sólo estaba bromeando con el perro y desatendía por él a su mujer, o si quizá el perro lo había atacado en serio, o si, en fin, quería mantener al perro apartado de nosotros.