Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Anteayer en la fábrica. Por la noche en casa de Max, en el momento justo en que el pintor Novak[217] estaba enseñando sus litografías de Max. Ante ellas no fui capaz de adoptar una postura ni decir ni que sí ni que no. Max expuso algunas opiniones que ya se había formado, y mi mente se puso a darles vueltas, pero sin ningún resultado. Acabé habituándome a cada una de las láminas, me quité al menos la sorpresa de mis ojos inexpertos, encontré redonda una barbilla, comprimida una cara, acorazado un torso, aunque éste parecía más bien llevar una gigantesca camisa de frac bajo el traje de calle. El pintor opuso a eso una objeción que no resultó comprensible ni al primer ni al segundo intento, a lo que restó importancia por el hecho de expresarla precisamente ante nosotros, que, de estar él en lo cierto, no habíamos dicho más que tonterías de la peor especie. Afirmó que la tarea sentida e incluso consciente del artista consiste en adaptar a su propio arte a la persona retratada. Para conseguir eso, él había realizado en primer lugar un esbozo en colores del retrato, que teníamos delante y que, con sus colores oscuros, mostraba un parecido efectivamente demasiado preciso, seco (sólo ahora puedo reconocer esa precisión excesiva), y que Max consideró el mejor de sus retratos, pues además del parecido mostraba alrededor de los ojos y de la boca unos rasgos nobles y contenidos que los colores oscuros subrayaban en su justa medida. Nadie a quien se lo preguntasen podría negarlo. A partir de ese esbozo, el pintor, ya en su casa, reelaboraba las litografías, modificando una tras otra con el propósito de alejarse cada vez más del natural, pero sin vulnerar con ello su propio arte, al contrario, acercándose cada vez más a él, trazo a trazo. Así, por ejemplo, el pabellón de la oreja fue perdiendo sus circunvoluciones humanas y su borde detallado y convirtiéndose en un vórtice semicircular alrededor de un pequeño orificio oscuro. La huesuda barbilla de Max, que empieza a formarse ya en la oreja, fue perdiendo su sencilla delimitación, por muy indispensable que ésta pareciese y por difícil que resultara al observador ver surgir una verdad nueva del alejamiento de la verdad antigua. El cabello fue diluyéndose en perfiles seguros, comprensibles, y continuaba siendo cabello humano, por más que el pintor lo negase. Aunque el pintor había estado reclamándonos que comprendiésemos esas transformaciones, luego se limitó a insinuar fugazmente, pero con orgullo, que en aquellas láminas todo tenía significado y que incluso lo fortuito era necesario, por su influencia sobre lo que venía después. Así, junto a una cabeza descendía por casi toda la lámina una estrecha y pálida mancha de café, que quedaba integrada en el conjunto, fruto del cálculo, y que ya no cabía eliminar sin perjudicar las proporciones del conjunto. Otra lámina tenía en el ángulo izquierdo una gran mancha azul compuesta de trazos dispersos, no muy llamativa; pues bien, esa mancha había sido puesta allí adrede, en razón de la pequeña luminosidad que, partiendo de ella, atravesaba la lámina y bajo la cual el pintor había seguido trabajando luego. Su próximo objetivo consistía en incluir en aquella transformación ante todo la boca, en la cual ya había ocurrido algo, pero no lo suficiente, y luego la nariz; ante la queja de Max de que de ese modo la litografía iba alejándose cada vez más del bello esbozo en colores, comentó que no estaba en absoluto excluido que la litografía volviera a acercarse al esbozo. Lo que en todo caso no podía pasarse por alto era la seguridad con que el pintor, en cada instante de la conversación, confiaba en lo imprevisto de su inspiración, ni cómo esa confianza hacía de su labor artística, con todo derecho, una labor casi científica. — He comprado dos litografías, Vendedora de manzanas y Paseo.