Diarios & Carta al padre

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Resulta desagradable escuchar cuando mi padre, entre continuas indirectas a la afortunada situación de los jóvenes de hoy y sobre todo de sus hijos, habla de los sufrimientos que él tuvo que soportar en su juventud. Nadie niega que durante años tuvo llagas abiertas en las piernas por falta de ropa de invierno, que pasó mucha hambre, que ya a los diez años tenía que ir empujando un carrito por las aldeas, también en invierno y desde primera hora de la mañana — pero, pese a ser reales, estos hechos no autorizan en modo alguno, y eso él no quiere entenderlo, a sacar la conclusión, por comparación con el hecho, también real, de que yo no he padecido nada de eso, de que yo haya sido más feliz, de que él tenga derecho a darse importancia por esas llagas de sus piernas, de que dé por sentado de antemano que no soy capaz de apreciar sus sufrimientos de entonces, y, en fin, de que yo tenga que estarle ilimitadamente agradecido por la simple razón de que no he padecido esos mismos sufrimientos. Con qué placer le escucharía si contase continuamente cosas de su juventud y de sus padres, pero escuchar todo eso en tono de jactancia y de reproche resulta una tortura. Da palmadas una y otra vez: «¡Qué sabe nadie hoy en día! ¡Qué saben los niños! ¡Nadie lo ha sufrido! ¡Qué pueden entender los niños de ahora!». Hoy ha vuelto a haber una conversación parecida con la tía Julie[230], que ha venido a visitarnos. También ella tiene esa cara enorme de todos nuestros parientes por línea paterna. Sus ojos son asimétricos o tienen un color equivocado; es una pequeñez, pero molesta. Cuando tenía diez años la pusieron a trabajar de cocinera. Aunque hiciera mucho frío, tenía que salir, vestida con una faldita mojada, a buscar cosas, la piel de las piernas se le agrietaba, la faldita se congelaba y no se secaba hasta la noche, en la cama.


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