Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre 30.XII 1911. Mi instinto de imitación no tiene nada que ver con el de los actores[233], sobre todo porque le falta integridad. Soy incapaz de imitar en toda su extensión lo grosero, lo llamativamente característico, mis intentos en ese sentido han fracasado siempre, van en contra de mi naturaleza. En cambio sí que tengo un decidido instinto de imitación de los detalles de ese lado grosero, tengo la tendencia a imitar, y puedo hacerlo fácilmente, las manipulaciones de sus bastones de paseo por parte de ciertas personas, la posición de sus manos, los movimientos de sus dedos. Pero es justo esa facilidad, esa sed de imitación, lo que me aleja de los actores, pues esa facilidad tiene su contrapartida en que nadie nota que estoy haciendo una imitación. Lo único que me indica que la imitación ha salido bien es mi propio reconocimiento, a veces lleno de satisfacción pero más a menudo de disgusto. La imitación interna, sin embargo, va mucho más allá que la externa, suele ser tan contundente y fuerte que en mi interior no queda espacio para observarla y constatarla, y sólo la reconozco en el recuerdo. Pero también en este caso la imitación es tan perfecta y me reemplaza tan de golpe a mí mismo que en un escenario resultaría insoportable, en el supuesto de que pudiera hacerla visible. Al espectador no puede exigírsele que soporte más que una representación completamente externa. Si un actor, por exigencias del texto, tiene que apalear a otro, y en su excitación, en una arremetida demasiado grande de los sentidos, lo apalea de verdad y el otro grita de dolor, entonces el espectador tiene que convertirse en ser humano e interponerse. Pero lo que ocurre muchas veces en este nivel ocurre innumerables veces en niveles inferiores. La esencia del mal actor no consiste en que su imitación sea floja, sino más bien en que, por deficiencias de cultura, de experiencia y de manera de ser, imita modelos equivocados. Pero su error más importante continúa siendo el no respetar los límites de la actuación e imitar con demasiada intensidad. Lo impulsa a actuar así la confusa idea que tiene de las exigencias del escenario, y aunque el espectador crea que este o aquel actor es malo porque se queda cortado, juguetea con las yemas de los dedos en el borde del bolsillo, se pone en jarras sin que venga a cuento, está atento al apuntador, mantiene a toda costa, aunque la situación haya cambiado completamente, una angustiada seriedad, lo cierto es que ese actor llovido del cielo sobre el escenario es malo solo porque imita demasiado, aunque sólo lo pretenda.