Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Esta mañana me sentía bien dispuesto a escribir, pero ahora la idea de que esta tarde voy a leerle cosas a Max me paraliza por completo. Eso, de paso, demuestra lo poco dotado que estoy para la amistad, en el supuesto de que la amistad entendida en ese sentido sea posible. Pues igual que no es imaginable una amistad sin las interrupciones de la vida diaria, así también, aunque permanezca ilesa en su núcleo, hay muchas manifestaciones de la misma que el viento dispersa continuamente. Es cierto que se renueva a partir de ese núcleo intacto, pero dado que su formación requiere tiempo y no siempre sale como se esperaba, nunca es posible, aun prescindiendo del cambio de los estados de ánimo personales, retomar el hilo donde se rompió la última vez. Por eso en las amistades bien fundamentadas surge antes de todo nuevo encuentro una inquietud no necesariamente tan grande como para hacerse sentir por sí misma, pero capaz de turbar la conversación y el comportamiento hasta el grado de que uno se asombre al cobrar consciencia de ello, especialmente porque no conoce su motivo o no puede admitirlo. En estas condiciones, cómo voy a leerle nada a Max, o cómo voy a escribir lo siguiente pensando en que voy a leérselo.
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