Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Ya está aguardando una mujer (en la segunda planta del hotel Viktoria, en la Jungmannstrasse), pero me ruega con insistencia que entre yo antes que ella. Aguardamos. Viene la secretaria y nos entretiene. Al echar una mirada al pasillo, lo veo a él. Inmediatamente después viene hacia nosotros con los brazos medio extendidos. La mujer afirma que yo estaba allí primero. Le sigo mientras me conduce a su habitación. Su negra levita cruzada, que en las conferencias está como encerada (no encerada, sino sólo brillante por su puro color negro), ahora a la luz del día (tres de la tarde) está polvorienta e incluso tiene manchas, especialmente en la espalda y en los hombros. Ya en su habitación intento mostrar mi humildad, que soy incapaz de sentir, buscando un sitio ridículo para mi sombrero; lo pongo encima de un pequeño taburete para atarse las botas. La mesa en el centro, yo me siento mirando a la ventana, él a la izquierda de la mesa. En la mesa unos papeles con unos cuantos dibujos que recuerdan a los de sus conferencias sobre fisiología ocultista. Un número de la revista Annalen der Naturphilosophie tapa una pequeña pila de libros. Parece que también los hay un poco por todas partes, pero no estoy seguro porque resulta imposible echar un vistazo alrededor, ya que él siempre trata de retenerlo a uno con su mirada. Y si deja de hacerlo en algún momento, está uno pendiente de que vuelva a lanzar su mirada. Empieza con unas cuantas frases sueltas: ¿Así que usted es el Dr. Kafka? ¿Hace mucho que se interesa por la teosofía? Pero yo me apresuro a pronunciar el discurso que llevo preparado: Siento cómo una gran parte de mi ser tiende a la teosofía, pero al mismo tiempo le tengo un miedo enorme. Temo de ella, en efecto, una nueva confusión, que para mí resultaría muy desagradable, pues ya mi desdicha actual se debe únicamente a la confusión. Esa confusión consiste en lo siguiente: mi felicidad, mis capacidades y toda posibilidad de que yo sea útil de alguna manera están desde siempre en la literatura. Y sin embargo en ella he vivido situaciones (no muchas) que en mi opinión están muy cerca de los estados de clarividencia descritos por usted, señor doctor; durante esas situaciones yo habitaba completa y totalmente en cada una de mis ideas, y hacía realidad cada una de mis ideas, y en esos momentos me sentía no sólo rozando mis límites, sino los límites de lo humano en general. Lo único que faltaba en esas situaciones, aunque no del todo, era la serenidad de la fascinación de la que a buen seguro goza el clarividente. Eso lo deduzco del hecho de que mis mejores trabajos no los he escrito durante esos estados. — Ahora bien, el caso es que no puedo entregarme por completo a esa actividad literaria, como tendría que ser, y no puedo hacerlo por diversas razones. Dejando aparte mis circunstancias familiares, yo no podría vivir de la literatura, a consecuencia de la lentitud con que van surgiendo mis obras y de su singularidad; además, también mi salud y mi carácter me impiden entregarme a una vida que en el mejor de los casos sería incierta. De ahí que me haya buscado un puesto de funcionario en una compañía de seguros sociales[17]. Ahora bien, esas dos profesiones son totalmente incompatibles entre sí y no es posible ser feliz con ambas al mismo tiempo. El más pequeño triunfo en una de las dos tiene como contrapartida un desastre en la otra. Si una noche escribo algo bueno, al día siguiente en la oficina estoy que ardo y soy incapaz de hacer nada a derechas. Ese continuo vaivén me resulta cada vez más desagradable. En la oficina cumplo aparentemente mis deberes, pero no mis deberes interiores, y cada falta a mis deberes interiores se convierte en una desdicha que ya nunca podré sacudirme. ¿Y cómo voy a sumar a estas dos aspiraciones inconciliables una tercera, la teosofía? ¿No se convertirá en un obstáculo por ambos lados, y no será obstaculizada ella también por ambos lados? ¿Podré yo, que ya actualmente soy tan desdichado, llevar a buen término las tres? He venido, señor doctor, para preguntarle, pues imagino que, si usted me tiene por capaz de ello, podré realmente echarme esa carga a los hombros.