Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre 4-I. 1911 [1912]. Sólo por vanidad me gusta tanto leer en voz alta ante mis hermanas (hasta el punto de que hoy, por ejemplo, se me ha hecho demasiado tarde para ponerme a escribir). No es que esté convencido de lograr con esas lecturas en voz alta algo importante, se trata más bien de un afán de adentrarme tanto en las buenas cosas que leo que, no por mérito mÃo, sino por la atención de mis hermanas que escuchan, suscitada por lo que les leo y que es opaca para lo no esencial, llego a fundirme con esas obras y a participar asÃ, bajo los efectos encubridores de la vanidad, de la influencia que ellas ejercen. Debido a ello leo ante mis hermanas de una forma realmente admirable, subrayo muchos acentos con una precisión, a mi modo de sentir, extrema, pues a continuación soy recompensado con creces no sólo por mÃ, sino también por mis hermanas. Pero si leo en voz alta ante Brod o Baum u otros, a todos ellos ha de parecerles horrorosamente mala mi lectura, simplemente porque pretendo su alabanza, aun cuando nada saben ellos de lo buenas que son mis lecturas en otras ocasiones; y es que en estos casos percibo que el oyente mantiene la distinción entre mà y lo leÃdo, no consigo identificarme completamente con lo que leo sin sentirme ridÃculo, y sin esperar ningún apoyo del oyente revoloteo con mi voz alrededor de lo que he de leer, intento, puesto que asà lo quieren, penetrar en ello aquà y allá, pero no me lo propongo en serio, pues no es eso lo que se espera de mÃ; lo que realmente quieren es que uno lea sin vanidad, tranquilo y distanciado, y que sólo se apasione cuando lo exija la propia pasión, pero eso es algo que soy incapaz de lograr; por mucho que crea haberme resignado a ello y me contente, por lo tanto, con leer mal ante cualesquiera otros que no sean mis hermanas, mi vanidad, que en este caso no tiene razón de ser, se manifiesta en que me siento ofendido si alguien hace alguna crÃtica a lo leÃdo por mÃ, me ruborizo y enseguida quiero continuar la lectura, de igual forma que, en general, tiendo, una vez que he empezado a leer, a seguir leyendo indefinidamente, con el anhelo inconsciente de que se produzca al menos en mÃ, durante el transcurso de la prolongada lectura, ese vano y falso sentimiento de unidad con lo leÃdo, olvidando que nunca tendré la fuerza momentánea suficiente para influir desde mi sentimiento en la clara visión de conjunto del oyente, y que en mi casa siempre son mis hermanas las que empiezan con esa deseada confusión.