Diarios & Carta al padre

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Abrí la puerta de la calle para ver si el tiempo invitaba a salir a pasear. No cabía negar que el cielo estaba azul, pero grandes nubes grises permeadas de azul, con los bordes doblados hacia arriba en forma de bocamanga, flotaban a baja altura, como podía medirse por las cercanas colinas boscosas. A pesar de ello, la calle estaba llena de gente que salía a pasear. Firmes manos maternales guiaban cochecitos de niños. Aquí y allá un carruaje quedaba detenido por la muchedumbre y aguardaba a que la gente se apartase de delante de los caballos, que levantaban y bajaban las patas. Entretanto el cochero, sosteniendo tranquilo las riendas temblorosas, miraba fijamente delante de sí, no se le escapaba ningún detalle, examinaba todo varias veces y en el momento oportuno daba impulso al carro. Aunque había muy poco espacio, los niños podían correr. Muchachas con vestidos ligeros, con sombreros de colores tan chillones como sellos de correos, iban del brazo de los jóvenes, y en el paso de baile de sus piernas se manifestaba una melodía reprimida en sus gargantas. Las familias permanecían bien unidas, y si alguna vez se deshacían en una larga hilera, enseguida surgían brazos que se tendían hacia atrás, manos que hacían señas, llamadas con nombres cariñosos, que reunían a los perdidos. Hombres abandonados a sí mismos intentaban aislarse todavía más metiéndose las manos en los bolsillos. Una tontería ridícula. Primero estuve de pie en el portal de la casa, luego me apoyé para mirar con más tranquilidad. Los vestidos me rozaban; en una ocasión agarré una cinta que adornaba por detrás la falda de una chica y la dejé deslizarse en mi mano mientras se alejaba; en otra ocasión en que rocé con mi mano, sólo para halagarla, el hombro de una chica, el transeúnte que la seguía me golpeó los dedos. Pero yo lo metí detrás del batiente del portal, que estaba cerrado, le hice reproches que eran manos levantadas, le eché miradas de reojo, hice ademán de lanzarme sobre él y se alegró cuando lo eché de allí de un empujón. Naturalmente, a partir de ese momento empecé a llamar a otras personas para que se acercasen, bastaba una seña con el dedo o una mirada rápida, nunca titubeante.


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