Diarios & Carta al padre

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3.III 1912. El 28 de febrero, en el recital de Moissi. Espectáculo antinatural. Está sentado aparentemente tranquilo; siempre que puede junta las manos entre las rodillas, los ojos fijos en el libro que tiene delante, y nos hace llegar su voz con la respiración de alguien que estuviera corriendo. — Buena acústica de la sala. Ni una palabra se pierde ni regresa siquiera como un soplo, sino que todo va agrandándose paulatinamente, como si la voz, ocupada ya hace tiempo en otra cosa, continuara repercutiendo de forma directa; todo va reforzándose de acuerdo con lo dispuesto y nos envuelve. — Aquí ve uno las posibilidades de su voz. Así como la sala favorece a la voz de Moissi, así la voz de este favorece a la nuestra. Trucos y sorpresas descarados que lo obligan a uno a mirar al suelo y que uno mismo jamás utilizaría: ya para empezar canta unos versos aislados, por ejemplo «Duerme, Miriam, niña mía[306]», dejando vagar la voz en la melodía; de pronto suelta Mailied [Canción de mayo], como si metiera la punta de la lengua entre las palabras; divide la palabra November-Wind [‘viento de noviembre’] para poder expeler hacia abajo Wind y hacer que suba silbando. — Basta con mirar al techo de la sala para que los versos lo arrastren a uno hacia arriba. — Las poesías de Goethe no están al alcance del recitador, pero no por ello es fácil descubrir un defecto en esta forma de recitar, pues todo contribuye a alcanzar el objetivo. — Gran efecto cuando después de Canción de lluvia, de Shakespeare, que recitó como propina, se quedó en pie, sin ningún texto, extendió y arrugó en sus manos el pañuelo y echó chispas por los ojos. — Cara angulosa, pese a los mofletes. Cabello blanco, alisado una y otra vez con blandos movimientos de la mano. — Las críticas entusiastas que uno ha leído sobre Moissi le benefician únicamente, en nuestra opinión, hasta que se le oye por primera vez, luego él mismo se enreda en ellas y es incapaz de suscitar una impresión nítida. — Esta forma de recitar sentado, con el libro delante, tiene algo de la ventriloquia. El artista, aparentemente ajeno al asunto, está sentado igual que nosotros, apenas si vemos de vez en cuando en su rostro inclinado los movimientos de sus labios, y en vez de decirlos él mismo, hace que los versos suenen por encima de su cabeza. — A pesar de que sonaban muchas melodías, a pesar de que la voz parecía guiada como una ligera barca en el agua, en realidad se oía la melodía de los versos. — Bastantes palabras quedaban disueltas por la voz, habían sido cogidas con tanta delicadeza que ascendían de un brinco y ya no tenían nada que ver con la voz humana, hasta que luego la voz se veía obligada a pronunciar alguna consonante áspera, bajaba la palabra a tierra y concluía.


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