Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre 10.III 1912, domingo. En una pequeña localidad de las montañas del Iser[312], donde pasó todo un verano para restablecer sus deteriorados pulmones, sedujo a una chica. De forma incomprensible, como actúan a veces los enfermos de pulmón, tras una breve tentativa de convencerla tumbó a la chica sobre la hierba a orillas del río y la poseyó, mientras ella, hija del dueño de la pensión en que se hospedaba, a la que después del trabajo, al atardecer, le gustaba darse un paseo con él, yacía en el suelo desmayada de terror. Luego tuvo que traer agua del río en el hueco de sus manos y derramarla sobre la cara de la chica para reanimarla. «Julia, mi pequeña Julia», dijo innumerables veces, inclinado sobre ella. Estaba dispuesto a asumir toda la responsabilidad por su falta y se esforzaba únicamente en llegar a comprender la gravedad de su situación. Tenía que pensarlo para cobrar consciencia de ella. Aquella muchacha sencilla que yacía en el suelo delante de él, que ya empezaba a respirar otra vez con regularidad y que sólo por miedo y confusión seguía manteniendo los ojos cerrados, no podía crearle problemas; él, hombre alto, fuerte, podía echarla a un lado con la punta del pie. Ella era débil e insignificante, ¿podía tener lo sucedido importancia como para que lo recordara a la mañana siguiente? ¿No pensaría de igual forma todo el que estableciese una comparación entre los dos? El río se extendía tranquilo entre los prados y los campos, hacia las montañas más lejanas. Sólo en la pendiente de la orilla opuesta daba todavía el sol. Bajo el límpido cielo del atardecer se desplazaban las últimas nubes.