Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Cabaret Lucerna[319]. Unos cuantos jóvenes cantan, cada uno una canción. Si uno está despierto y escucha con atención, una interpretación como ésa le mueve a recordar las consecuencias que la letra permite sacar sobre nuestra vida mejor de lo que lo haría la ejecución de unos cantantes expertos. Pues en ningún caso aumenta el cantante la fuerza de los versos, estos conservan su autonomía y nos tiranizan con el cantante, que ni siquiera lleva botas de charol, cuya mano no quiere desprenderse de su rodilla y que, si tiene que hacerlo, muestra su desagrado, echándose con la mayor prontitud sobre el banco para dejar ver lo menos posible la cantidad de pequeños y torpes movimientos que tiene que hacer para eso. — Escena de amor en primavera, al estilo de las tarjetas postales con fotografía. Representación fiel, que conmueve y abochorna al público. — Fatinizza, cantante vienesa. Sonrisa dulce, llena de contenido. Me recuerda a Hansi. Una cara con detalles insignificantes, casi siempre demasiado acusados, a los que la risa proporciona conexión y equilibrio. Ineficaz prepotencia hacia el público, que es preciso suponerle en los momentos en que está cerca de las candilejas y ríe al público indiferente. — Estúpida danza de las espadas con fuegos fatuos volantes, ramas, mariposas, fuegos de papel, una calavera. — Cuatro Rocking girls. Una, muy guapa. Ningún programa de mano incluye su nombre. Era la última a la derecha del espectador. Qué atareada estaba agitando sus brazos, cómo se movían en palpable silencio sus piernas delgadas, largas, con huesecillos delicados, juguetones; no seguía el ritmo, pero tampoco se dejaba estorbar por ningún terror en su afanosa actividad; qué sonrisa tan suave tenía, en contraste con la crispada de las demás, cómo resultaban casi exuberantes su cara y su pelo en comparación con la delgadez de su cuerpo, cómo decía «despacio» a los músicos, hablando también por sus compañeras. Su profesor de baile, un hombre joven, delgado, vestido de forma llamativa, estaba de pie detrás de los músicos y hacía signos rítmicos con una de sus manos, sin que ni los músicos ni las bailarinas le prestasen atención, él mismo tenía puestas sus miradas en la sala. — Warnebold, nerviosismo fogoso de una persona robusta. En sus movimientos, a veces, una gracia cuyo poder lo exalta a uno. Cómo corre a grandes zancadas, una vez que se anuncia su número, hacia el piano.