Diarios & Carta al padre

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La señorita Felice Bauer. Cuando llegué a casa de Brod el 13 de agosto ella estaba sentada a la mesa y, sin embargo, me pareció una criada. No tuve la más mínima curiosidad por saber quién era, pero enseguida me entendí con ella. Cara larga, huesuda, que mostraba abiertamente su vacío. Cuello desnudo. Blusa puesta con desaliño. Parecía vestida como para andar por casa, aunque no era así, como se mostró más tarde. (Invadiendo así su intimidad, se me hace más extraña. Por lo demás, en qué situación me encuentro en este instante, distanciado de todo lo bueno en su totalidad y encima sin creer estarlo. Si hoy no me distraen tanto en casa de Max las noticias literarias, intentaré escribir todavía la historia del Blenkelt[352]. No tiene que ser larga, pero tiene que salirme bien.) Nariz casi rota. Pelo rubio, algo lacio, nada atractivo, barbilla robusta. Mientras me sentaba la miré por vez primera con más detenimiento; cuando estuve sentado ya tenía un juicio inquebrantable. Como se —

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21.VIII [1912]. He leído incesantemente a Lenz y gracias a él —así me encuentro— he vuelto en mí.

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La imagen de la insatisfacción que representa una calle en la que todo el mundo levanta los pies del sitio en que se encuentra para irse de él.

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