Diarios & Carta al padre

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Un sueño: Me encontraba en una lengua de tierra construida con piedras de sillería que se adentraba bastante en el mar. Conmigo había una o varias personas, pero la consciencia de mí mismo era tan fuerte que apenas sabía de ellas sino que yo les hablaba. Sólo recuerdo las rodillas levantadas de una persona que estaba sentada a mi lado. Al principio no sabía realmente dónde estaba, sólo cuando por casualidad me alcé una vez vi a la izquierda delante de mí y a la derecha detrás de mí el vasto mar claramente circunscrito, con muchos navíos de guerra alineados y firmemente anclados. A la derecha se veía Nueva York, estábamos en el puerto de Nueva York. El cielo era gris, pero uniformemente claro. Yo me movía libremente de aquí para allá, expuesto al aire por todos los lados, para poder verlo todo. Hacia Nueva York la mirada se hundía un poco; hacia el mar, ascendía. También advertía que el agua a nuestro lado levantaba altas olas y que en ella se desarrollaba un enorme tráfico extranjero. Lo único que recuerdo es que, en vez de nuestras almadías, había allí largos troncos atados formando un gigantesco haz redondo que, según navegaba, emergía una y otra vez dejando ver más o menos entre las olas el plano de sección; también daba vueltas horizontalmente en el agua. Me sentaba, recogía los pies contra mi cuerpo, me estremecía de placer, me hundía realmente de gusto en el suelo y decía: Pero si esto es aún más interesante que el tráfico de los bulevares de París.


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